Libertad de ser yo mismo, sin restricciones ni juicios | Por Andrés Parales

0

 



Foto de Ritesh Arya

En este rincón oculto de mi mente, mientras camino por los senderos empedrados de mis pensamientos, me sumerjo en una tormenta de dudas. ¿Qué si estoy equivocado? Lo creo posible. Sería ingenuo asumir que todo lo que alguna vez creí era cierto.


Siento un miedo insondable, porque sé que he pasado demasiado tiempo aferrándome a una fe que se resquebraja con cada paso que doy. La cuestión que me atormenta es: ¿puede uno sostener la creencia en un dios cuando cada evidencia apunta en su contra? ¿Cuánto tiempo más puedo fingir que sigo creyendo?


La esperanza y la desilusión, dos fuerzas opuestas, se enfrentan dentro de mí. Mi mente es un campo de batalla donde cada argumento lógico desgarra las nociones que una vez sostuvieron mi mundo. Intento aferrarme, intento buscar respuestas en los libros sagrados, en los sermones, en las plegarias repetidas hasta el cansancio. Pero cada vez que abro los ojos, me doy cuenta de que sigo solo.


A medida que avanzo en mi viaje, las dudas se convierten en certezas. Las sombras de la incertidumbre se disipan y en su lugar aparece la temida verdad: he estado luchando contra mí mismo, intentando creer en algo que ya no vive en mí.


Las voces del pasado resuenan en mi cabeza. La seguridad de mi infancia, cuando la fe me envolvía como una manta cálida, choca contra la fría realidad de mi presente. Me prometieron que si creía, sentiría paz, pero en su lugar, solo siento el peso de la mentira que me conté a mí mismo durante tantos años.


Cada día es una batalla. Intento rezar, pero las palabras se sienten huecas. Intento encontrar signos, milagros, alguna señal de que hay algo más allá, pero todo lo que encuentro es el silencio. Y en ese silencio, en la ausencia de respuestas, en la fría indiferencia del universo, entiendo que mi lucha ha terminado. Dios no me ha abandonado. Simplemente, nunca estuvo ahí.


El vértigo de la revelación es abrumador. Me doy cuenta de que he estado sosteniendo una soga que no está atada a nada. La suelto. Y por primera vez, en lugar de caer, me siento libre.


Oh, Dios, si existes, ¿por qué no respondes? Pero ya no espero una respuesta. La voz de Nietzsche resuena en mi mente: "Dios ha muerto". Y con él, muere la ilusión de que alguna vez lo necesité.


La libertad es un abismo desconocido. Sin dioses que dicten el camino, sin mandatos divinos que marquen mi destino, debo construir mi propio significado. Al principio, el vacío me aterra. Pero con cada paso, empiezo a ver algo nuevo: posibilidades, elecciones, un futuro que ya no depende de la voluntad de lo invisible.


Me doy cuenta de que la vida, sin la promesa de un paraíso o el temor al infierno, se vuelve aún más preciosa. Cada momento cuenta porque es único, porque no hay segunda oportunidad. Ya no vivo esperando respuestas de un ente ausente. Ahora, busco mis propias respuestas en el mundo que me rodea.


El sol se alza sobre el horizonte y, por primera vez, en mucho tiempo, me permito sonreír sin culpa. La existencia es mía, con todas sus incertidumbres y maravillas. Y eso, finalmente, es suficiente.


Autor: Andrés Parales


Tal vez te interesen estas entradas

No hay comentarios

CANAL DE YOUTUBE