El 30 de noviembre decidí hacer uno de esos viajes que no se
olvidan. No era en una moto de alto cilindraje. Era en una TVS 100 Sport, una
moto pequeña, diseñada más para la ciudad que para trepar hacia el cielo. Y
precisamente por eso, el reto era mayor.
Salí de Bucaramanga con la mentalidad clara: no iba a correr, iba a respetar los
límites que ofrecía el motor. Sabía que el destino no solo era lejos, sino
exigente. El plan era llegar primero a Berlín, Santander, y luego seguir hasta
el Páramo de Santurbán, uno de los ecosistemas más fríos, altos y duros de la
región.
Otros motociclistas eso sea un paseo corto, pero en una 100
cc cargando altura, cada kilómetro se siente.
Desde que empiezan las curvas subiendo por la vía a Cúcuta, la historia cambia.
La moto ya no va suelta; el motor empieza a trabajar más forzado. Yo iba atento
a todo:
·
El sonido del motor
·
La respuesta del acelerador
·
La temperatura que se siente en las piernas.
No podía exigirle demasiado. Una moto pequeña subiendo
montaña se calienta fácil, y si uno se pone a fondo, la funde. Así que subí con
calma, dejando que respirara en cada recta, sin acelerones bruscos.
Mientras ascendía, el clima iba cambiando. El calor de Bucaramanga quedó atrás
y empezó a sentirse ese frío seco de la montaña, ese que entra por la chaqueta
y se mete hasta los huesos. Pero eso también ayudaba: aire más frío, mejor para
el motor… aunque no suficiente para confiarse.
Cuando por fin llegué a Berlín, sentí que había superado la
primera prueba. Paré un momento, dejé reposar la moto. Toqué el motor:
caliente, pero estable. Todavía faltaba lo más duro.
Desde Berlín hacia el Páramo de Santurbán la carretera se
vuelve más solitaria, más abierta y más salvaje. Ahí ya no es solo la
pendiente: es la altura, el viento y el frío.
Ese tramo también me tomó casi 2 horas, no porque fuera tan largo en distancia,
sino porque yo mismo decidí hacerlo así. Tenía claro que si quería llegar,
debía evitar el sobrecalentamiento del motor.
Hice varias cosas clave:
·
Subía a velocidad moderada, sin llevarla
revolucionada al límite
·
En partes muy exigentes, bajaba un poco el ritmo
·
Hice pequeñas pausas para que el motor disipara
calor
·
Evité aceleraciones bruscas saliendo de curvas
cerradas
La TVS 100 Sport aguantó, pero se notaba que iba en
territorio que no es el suyo. En algunas subidas largas, el motor se sentía más
pesado, como si respirara con dificultad. Y no era imaginación: allá arriba hay
menos oxígeno, y eso afecta tanto al piloto como a la máquina.
El paisaje empezó a cambiar radicalmente. Se acabaron los
árboles altos y apareció el páramo abierto, con frailejones, neblina y ese
silencio inmenso que solo existe en las alturas. El frío ya no era brisa: era
aire helado golpeando el pecho.
Cuando finalmente entré al Páramo de Santurbán, sentí algo
más que satisfacción. Sentí respeto.
Respeto por la naturaleza, por la altura, por el clima… y por la moto. Porque
llegar hasta allá en una 100 cc no es cuestión de velocidad, es cuestión de
paciencia, cuidado y conexión con la máquina.
Muchos creen que viajar es solo tener una moto grande. Pero este viaje me
confirmó algo:
lo importante no es la potencia, es la determinación y la forma en que tratas
tu moto en el camino.
Fueron 4 horas en total de subida, desde Bucaramanga hasta
el corazón del páramo. Cuatro horas escuchando el motor, sintiendo el cambio de
clima en la piel y viendo cómo el mundo se transformaba metro a metro.
Ese 30 de noviembre no solo subí una montaña.
Subí mis propios límites… acompañado por el sonido constante
y valiente de una pequeña TVS 100 Sport que, contra todo pronóstico, llegó
hasta el cielo andino.